lunes, 5 de noviembre de 2007

Política colombiana: disidencias, deslealtades y hecatombe

En las semanas pasadas por los diferentes medios se han escuchado las voces de los amigos del Gobierno tratando de hacer creer a la población que el pensamiento disidente es asimilable a un acto de deslealtad con la patria. Con esta especie de cacería de brujas se acrecienta el peligro de que se consolide en el país la siguiente funesta idea: estar en desacuerdo con las concepciones políticas oficiales es delito. Se pretende penalizar la opinión diferente bajo la falacia de igualarla a un acto subversivo. Sería el establecimiento del delito de opinión. Adrede se olvida un fundamento de la democracia liberal: bajo los principios de legalidad y libertad, los individuos pueden hacer todo lo que no este prohibido, mientras los órganos estatales sólo pueden hacer lo que les esté específicamente permitido. Este hecho me permite recordar otros de parecido tinte ideológico y de reciente o actual ocurrencia, como por ejemplo:
Los asesores presidenciales recuerdan con frecuencia que la sociedad no ha superado el peligro del resurgimiento del terrorismo con el fin de mantener vigente la atmósfera de crisis, de “pánico al lobo”. No olvidemos que fue precisamente la efervescencia de un momento de crisis del país (el Caguán) lo que permitió presentarse como redentores de la patria a un pequeño sector de derecha y lograr así la participación en el poder con el claro interés de mantener intacta su hegemonía en la propiedad agraria. Se insinúa constantemente que el caos es inminente y que únicamente se puede controlar con la continuidad de las políticas actuales. Por la ambigüedad de las argumentaciones, es notorio que las ideas políticas que se esgrimen no están sustentadas en un acervo teórico coherente. El eclecticismo doctrinal que se usa estimula la creencia de que los actos del Gobierno sólo pueden ser interpretados válidamente por los amigos del líder. Se promueve el mito del jefe indispensable e irremplazable, presentándolo como una personalidad extraordinaria. Se establece una relación directa jefe-masa, sin intermediarios; no se estimula la aparición de dirigentes con análogo prestigio. La voluntad del líder se presenta como la perfección del poder constituido, la expresión soberana e inamovible del poder constituyente. Se impulsa un conservadurismo sustancial de las costumbres. Se pretende mitigar la pobreza con una serie de concesiones sociales de tipo asistencial. La posibilidad del triunfo electoral de la izquierda en las presidenciales se presenta como una humillación nacional; una catástrofe, que exige una resistencia unitaria de la población. La sensación de miedo refuerza la autosugestión de que solamente un régimen autoritario puede acabar con la incertidumbre del destino de la sociedad. Se aplica la conocida táctica intimidatoria, “si no le obedeces al jefe, porque piensas que es malo, te irá peor: el hombre lobo vendrá a comerte”. Estos acontecimientos son reconocidos por teóricos de la Ciencias Políticas (Bobbio, de Felice, Poulantzas, Nolte) como rasgos que anuncian una tendencia a la ‘fascistización’ del Estado. De manera pues, que los colombianos debemos estar atentos, prestos a analizar los sucesos, y no dejarnos llevar únicamente por las emociones, al momento de tomar decisiones que afecten radicalmente la vida de la nación. Lo anterior lo menciono con énfasis frente a la declaración presidencial: ante una hecatombe, me lanzo a la reelección. Claro, uno supone lo que piensa: “sólo yo puedo reconocer cuándo se produce la hecatombe y, por supuesto, en ese momento entro en escena, de nuevo, como el salvador de la patria.
oOo
Cuando ocurre una tragedia humanitaria en nuestra región como consecuencia de las inundaciones ¿es admisible que parte de la comunidad se muestre indolente desviando su atención a espectáculos deportivos o reinados de belleza? Hay que tener en cuenta que muchas veces estos entretenimientos irrisorios, acontecimientos triviales, infantilizan los espíritus. Las multitudes, sobre todo juveniles, camuflan las frustraciones de la realidad social agrupándose en tribus urbanas, barras con una organización de estructura militar que ante el menor roce o fracaso deportivo se enardecen y arremeten con violencia contra todo lo que encuentren a su paso. Se transforma un espectáculo, supuestamente lúdico, en un evento de tipo bélico, atribuyéndole un sentido en el que se involucran el honor masculino y la dignidad de la identidad regional. Los fanáticos de los equipos se habrán puesto a pensar: las proezas o las derrotas de mi equipo ¿en qué determinan drásticamente mi vida?
La actuación del ‘Pibe’ en el Metropolitano nos recuerda que los medios se apresuran a mostrar a los triunfadores en los deportes o a exitosos personajes de farándula como modelos de vida. Sus opiniones sobre lo divino y lo humano se asimilan como ‘sabias’ orientaciones sobre cómo debemos comportarnos los demás, humildes y anónimos mortales. ‘La hecatombe del Metropolitano’ es una lección, aunque el deportista del ‘todo bien’, seguramente, seguirá siendo reelegido como el mejor futbolista que ha producido Colombia.
Publicado en El HERALDO

lunes, 22 de octubre de 2007

Si los abstencionistas votaran en blanco

Muchas personas en estos momentos ya han decidido por quien van votar, tendrán sus razones válidas, en cambio, hay una multitud de indecisos, de rebeldes, de abstencionistas o ciudadanos sin suficiente información que no están motivados para votar. En esta oportunidad nos concierne recordar que el compromiso de cada uno es votar libremente, obedeciendo exclusivamente a la conciencia. Superando las presiones de familiares, de amigos, de jefes, de patronos. Eludiendo los compromisos clientelistas. Venciendo la influencia de algunos sacerdotes o pastores que utilizan a Dios como un instrumento de control político. Teniendo la fortaleza sicológica suficiente para superar la sugestión emotiva de las encuestas que te hacen percibir como real la ilusión de sentirte superior por pertenecer al equipo ganador si votas por el candidato que las encabeza.
Sabemos que nuestra democracia es imperfecta, demasiado; que nos toca lidiar con nuestros defectos; que no podemos escapar de nuestra condición de típico país subdesarrollado que trata de superarse en medio de un conflicto social armado. Penosamente se puede anticipar que muchos van a vender su voto, que otros van a votar bajo amenazas y que el resultado puede ser fruto de un fraude; pero también —afortunadamente— sabemos que muchos colombianos van a votar por personas que se conocen como honestas, porque son sinceras en sus intenciones y están libres de corrupción; son poquísimas, pero existen.



Los abstencionistas en las elecciones de 2003 para Alcalde de Barranquilla fueron mayoría, 58,12 % del potencial electoral. El próximo domingo los abstencionistas podrán repetir su conducta, justificándola. Diciéndonos que los candidatos han suscitado motivos abundantes de desconfianza: la falta de proyectos concretos, la compra de votos; el espectáculo desagradable de rencillas y deslealtades vergonzosas; como si fueran personajes faranduleros, en la publicidad vacía de contenidos, han ostentado su vanidad, etc. De los partidos políticos dirán: que como agrupaciones de ciudadanos preocupados por los problemas sociales y económicos de la comunidad y con propuestas coherentes para lograr el bienestar colectivo, prácticamente no existen en nuestro medio. Que en su lugar, observamos agrupaciones con intereses particulares, personas que se congregan alrededor de un potentado, de una persona carismática, de un logo o de un eslogan cualquiera y salen a pregonar con retórica demagógica y populista que están dispuestos a sacrificarse defendiendo los intereses de la comunidad. Los abstencionistas también nos recordarán que esta práctica ha sido una constante en la historia de nuestro país. Que la democracia sin partidos serios es una simulación trágica, que ha tenido consecuencias funestas para la población sumergida en la pobreza.

Imaginemos por un instante este acontecimiento: por una inesperada y desconocida motivación, los abstencionistas salen a votar el domingo. Ya frente al tarjetón —en vez de devolverse molestos a sus casas por no encontrar a ningún candidato que les satisfaga— en un arrebato de sensatez, marcan el voto en blanco. Esa misma tarde en la radio anuncian: ¡urgente!, ¡sorpresa!, ganó el voto en blanco. La TV confirma: se deben repetir los comicios con nuevos candidatos. La clase política enmudece, entra en una profunda crisis. En menos de una hora, los eruditos analistas políticos de CNN exponen: “se activó por primera vez el pacífico potencial liberador de una multitud sin incentivos que por años había permanecido en silencio”, “se renovó el sentido participativo de la democracia”.Mientras tanto, los abstencionistas recalcitrantes en sus casas no pueden evitar sonreír con picardía, rebosados de satisfacción. Lo anterior puede recordar alguna novela, sonar ilusorio, pero es posible. En 2003 en el Atlántico 46.642 personas decidieron de manera espontánea votar en blanco para la Gobernación. Hoy en Barraquilla el voto en blanco es una opción promovida por personas serias y con influencia en la opinión.
Llama la atención que en los debates electorales son altísimas las cifras de votos nulos o de tarjetones no marcados; por ejemplo, en 2003 en el Atlántico 109.545 personas no marcaron el tarjetón. Una cantidad ¡escandalosa!, ¡inaudita! Las principales causas de estas circunstancias son muchas y complejas, se sospecha que son personas que fueron llevadas a votar y no te-nían claro por quién ni cómo debían hacerlo. Y si a esto le sumamos la escasa educación y la falta de cultura política de nuestra población, el absurdo empieza a esclarecerse. Veamos las asombrosas cifras nacionales: el 12 de marzo de este año para elecciones de Senado y Cámara los votos nulos sumaron 2.299.772, los tarjetones no marcados 644.626.Sólo el 34.3% (9.117.763) de un potencial electoral de 26.595.171 fueron votos válidos. Esto significa que nuestro poder legislativo se mantiene, funciona, con una precaria legitimidad.

El Espectador 20,10,07.

Se mantiene la institucionalidad jurídica y la producción económica de nuestro país, sin embargo, somos mirados por muchos ciudadanos de otras naciones como una república bananera que vive del negocio del narcotráfico, donde se expande una cultura mafiosa promovida por la ‘parapolitiquería’ . Podemos responder enumerando todas nuestras bondades, pero será mejor recordar un refrán que dice: si no quieres que se sepa, no lo hagas. Como comunidad decente, lo que arriesgamos este domingo es nuestra dignidad. El presente nos exige ser optimistas y actuar con cordura.

Publicado en EL HERALDO

http://www.elheraldo.com.co/hoy071022/editorial/noti7.htm

lunes, 24 de septiembre de 2007

Debate nacional en Colombia: La socialamargura versus la socialbacanería

Por HUGO GONZÁLEZ MONTALVO
“Me da miedo que eso contagie a Colombia y que lleguemos a elegir aquí, por allá en el 2010 o adelante, a gobernantes de la social bacanería, que tanto daño hacen por su debilidad”. “Hay que ir profundizando en la ‘social bacanería’. Una definición decente es: esa manera frívola como algunos sectores abrazaron el apoyo al terrorismo, la indulgencia frente al terrorismo, por frivolidad” (El Tiempo 09-5-2007). Las anteriores son palabras del señor Presidente de la Republica. Realmente estamos sorprendidos con esta arremetida, sin aparente motivo, contra la bacanería, un estilo de vida reconocido en el Caribe porque sus espontáneos exponentes promueven la paz y celebran la vida con alegría, relacionándose con los otros, festiva y respetuosamente.

Algunas inquietudes surgen al analizar estas frases: Si la social bacanería es una filosofía política humanista que promueve el pacifismo, el altruismo recíproco, la cooperación, ¿por qué y a quiénes les podría generar miedo que Colombia se contagie de bacanería? ¿A quiénes les ha causado daño la social bacanería? ¿Desde cuándo ser cordial, amable, alegre, es síntoma de debilidad? ¿La única manera de ser fuerte es siendo grosero, amargado o triste? ¿Son frívolos los bacanes y bacanas porque son joviales y risueños? ¿Por qué se interpreta la búsqueda de la paz como “indulgencia frente al terrorismo”? Si lo contrario de la bacanería es la chabacanería, ¿por qué tanta insistencia de algunos sectores de diferenciarse de la bacanería?, ¿es que piensan que el país debe preferir a los chabacanes?

Recordemos que la palabra bacanería proviene de baccan, originaria de Génova. Identificaba al jefe de familia y al capitán de barco. Desembarca con los inmigrantes italianos en Buenos Aires. A principio del siglo XX se expande con el tango por toda América. Después se encarna en el bacán salsero de la esquina caribeña. Hoy continúa su expansión en la Internet y se utiliza para referirse a un estado de satisfacción, como reconocimiento de lo bueno, lo bonito, lo agradable. En Colombia algunos intelectuales y dirigentes políticos simpatizantes de las ideas socialdemócratas, en auge en Europa, pensaron que en nuestra cultura podía haber un vocablo que sirviera como equivalente criollo al ideal de democracia. En la palabra bacanería hallaron ese concepto, entendida como un accionar ético con espíritu libertario que procura el máximo de bienestar individual y colectivo. Por eso adoptaron el término socialbacanería como el más adecuado para sustituir a la palabra democracia, deformada por su uso inapropiado. Algunos principios que guían a la socialbacanes son: En la convivencia social nadie debe perder. Se deben usar los recursos disponibles —materiales y simbólicos— de manera inteligente y justa. La protección al ecosistema es una prioridad. Se debe gestionar el desmonte de la cultura guerrerista. La promoción de una economía que controle al lucro desaforado, que estimule la distribución del ingreso y favorezca la ganancia obtenida del trabajo es un objetivo de los socialbacanes. Igual que la integración de los ciudadanos excluidos de los beneficios del sistema productivo. Los socialbacanes son serios y responsables, pero no aburridos, les gusta disfrutar de las artes en general. Estas conductas no les agradan a los extremistas, tanto de derecha como de izquierda. A estos tristes, amargados y sombríos personajes les perturba la sonrisa, el humor. Creen que la población debe permanecer en la zozobra, el miedo, para así lograr su apoyo incondicional. Piensan que a toda hora debemos tener una actitud belicosa. Se estimulan rumiando la venganza para conservar o conseguir el poder. Según lo anterior, los caribeños amantes del carnaval, de la “mamadera de gallo”, de la burla, seríamos unos buenos candidatos para ser calificados de peligrosos indeseables.
Tal parece que en Colombia algunos sectores políticos se benefician de la permanencia del actual conflicto bélico, esto se hace evidente cuando cada vez que se menciona la vía de la negociación política, como una posibilidad para la terminación de la guerra, califican de traidor al que la propone. Algunos políticos saben que manteniendo vigente al enemigo, en este caso terrorista y sin reales posibilidades de triunfo, podrán continuar solicitando el apoyo de toda la población en nombre de la patria amenazada. Es decir, las reivindicaciones sociales y económicas de la población más pobre serían intranscendentes, o aplazadas, frente al peligro que representan los violentos. Despreciando los beneficios de la paz para todos los colombianos, las fuerzas políticas de extrema derecha dan crédito a la idea de que una paz negociada sería un triunfo de la guerrilla. Prefieren conservar la expectativa de una supuesta victoria militar que ceder algunos privilegios. Además, mientras se alargue el conflicto armado pueden seguir estigmatizando de manera maquiavélica a las fuerzas políticas de la izquierda democrática, tildándolas de sospechosas de ser indulgentes frente a los violentos, por más declaraciones que éstas hagan afirmando lo contrario. Con lo cual obstaculizan sus posibilidades en las elecciones.



Hay quienes piensan que la mejor manera de acabar con el conflicto es con mayor inversión social y más democracia, las preguntas que surgen son: ¿la guerra permitiría tanta belleza?, ¿es posible construir un Estado democrático en medio de permanentes hostilidades bélicas? La población civil, pacifista y democrática, debería exigir el acuerdo humanitario y que de inmediato el Gobierno nombre un negociador para que empiece a acordar la paz lo más pronto posible. Por sus actos, amigo lector, usted puede diferenciar a los socialbacanes de los socialamargados.



Publicado en el HERALDO
http://www.elheraldo.com.co/hoy070924/editorial/noti7.htm