lunes, 22 de septiembre de 2008

Mala calidad y abusos en productos y servicios

Por Hugo González Montalvo.
Creo que el lector tendrá muchos ejemplos de la afirmación del título. Ofrezco algunos. La empresa de gas pretende imponer la compra de materiales innecesarios. La de telefonía móvil incumple la oferta publicitaria.Las EPS son ineficientes en los trámites, la demora en los servicios es insolidaria, cruel. Personalmente he tenido que devolver, por mala calidad o vicios ocultos: electrodomésticos, muebles, alimentos, etc.
Estamos ante una generalizada complacencia de parte del Estado frente a la viveza fraudulenta de empresarios desleales. Muchos usuarios se abstienen de emprender acciones de reclamo debido a los procedimientos engorrosos, trabas propiciadas por las mismas empresas.
Se incumple descaradamente la Constitución, artículo 78: “La Ley regulará el control de calidad de bienes y servicios ofrecidos y prestados a la comunidad, así como la información que debe suministrarse al público en su comercialización.Serán responsables, de acuerdo con la Ley, quienes en la producción y en la comercialización de bienes y servicios, atenten contra la salud, la seguridad y el adecuado aprovisionamiento a consumidores y usuarios”.
Previo a la realización del contrato, el profesional, empresario o vendedor debe informar, aconsejar y advertir al consumidor de manera oportuna, clara, precisa e idónea; lo contrario, podría ser considerado como dolo o mala fe.Lo correcto sería que proporcionemos nuestro “consentimiento informado”, pero a menudo, existe una evidente “asimetría de poder contractual entre las partes”, principalmente cuando adquirimos productos tecnológicamente complejos o necesitamos de servicios médicos.La información de ingredientes y fecha de vencimiento en los empaques de alimentos procesados es intencionadamente ineficaz. La letra ilegible algo oculta; sobre todo, la presencia de ingredientes que la ciencia médica ha cuestionado.Los consumidores caen en la tentación de la compra impulsiva motivada por la publicidad engañosa de supuestas ofertas. En esos contratos el consentimiento no es razonado, no hay la lentitud que requiere el análisis concienzudo.

Sabemos que los servicios públicos domiciliarios son regulados en Colombia por la Ley 142 de 1994. Recordemos algunos de sus preceptos y usted, lector, me dirá si se cumplen. “El Estado intervendrá en los servicios públicos para garantizar su calidad”. “El Presidente de la República ejercerá el control, la inspección y vigilancia de las entidades que presten los servicios públicos domiciliarios por medio de la Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios”. “Las empresas de servicios serán civilmente responsables por los perjuicios ocasionados a los usuarios”“La Superintendencia deberá sancionar a las empresas que no respondan en forma oportuna y adecuada las quejas de los usuarios”.“El consumo será el elemento principal del precio. No se cobrarán servicios no prestados, tarifas, ni conceptos diferentes a los previstos”. “Las personerías municipales deberán asesorar a los usuarios que deseen presentar recursos”.
Como ven, la letra de la Ley es bella, pero…
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Publicado como columna de opinión en el diario EL HERALDO de Barranquilla, Colombia.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Ante la crisis, más democracia

Por Hugo González Montalvo
En Colombia estamos siendo testigos de una encarnizada y desgastadora lucha entre los poderes del Estado. El Congreso desprestigiado por la ‘parapolítica’ ha perdido su solvencia moral para ser reconocido como el representante de la voluntad colectiva. Funcionarios del Gobierno central están siendo investigados judicialmente o están inmersos en escándalos relacionados con vínculos con las mafias. La Corte está siendo minada por el continuo cuestionamiento por parte del Ejecutivo. Se le califica como conspiradora y en la opinión se siembra la duda sobre su probidad. Ésta situación se percibe como una señal de inestabilidad institucional. La independencia del sistema judicial es una de las condiciones que caracteriza la vigencia de la democracia en un país. Ante la evidencia de un Estado fallido, algunos desadaptados confirman la idea de que a ellos les corresponde hacer justicia por sus propias manos.
Mapa de los Estados Fallidos http://www.fp-es.org/
El Estado colombiano se percibe como fallido, entre muchas razones, porque es incapaz de asegurar el derecho a la vida, el ejercicio de los derechos políticos y el goce de los derechos sociales. Para comprobar lo anterior, basta con mirar un noticiero de TV o leer cualquier periódico de la nación. De inmediato, uno se entera de la corrupción de los funcionarios, la ineficiencia de la burocracia estatal, la inoperancia de los órganos de control y la impunidad reinante. Hacen falta cordura y ética, tanto en el sector público como en el privado. Están ausentes la racionalidad en las decisiones y el control de las emociones en las declaraciones. No son razonables las actuaciones, los argumentos que se esgrimen están vacíos de lógica y dejan ver los intereses sectoriales que representan.

Si juzgáramos el comportamiento de la población ante estos graves hechos estaríamos tentados en repetir lo que algunos tratadistas del elitismo democrático han dicho: la democracia es el gobierno del político, “el ciudadano normal cuando penetra en la política, argumenta y analiza de una manera que él mismo calificaría como infantil si estuviese dentro de la esfera de sus intereses particulares” (Schumpeter). Por supuesto que no compartimos ésta opinión, pero así piensa un sector de nuestra dirigencia política. Sabemos que gran parte de la población está inconforme con su situación de pobreza pero no logra comprender, por falta de información, cuáles son las causas de su infortunio ni la manera de salir de él. Muchos de los dirigentes populares que hubiesen podido orientar a sus comunidades con el análisis e impulsar la gestión política fueron asesinados o están intimidados por las bandas armadas.
Vivimos en un mismo territorio pero en diferentes países, hay un país ideal que promueven algunos medios, existe un país pacificado y sin mayores problemas en la mente del Gobierno y un país real en el estómago de los desnutridos de Colombia.A la prensa, la radio y la televisión, como orientadores de la opinión política, les corresponde el deber moral de propiciar que nuevos y pacíficos vientos desplacen al actual aire contaminado que se respira en la política colombiana.
Estoy seguro que los ciudadanos en un momento de iluminación colectiva abandonarán la improductiva cultura de la queja y de la plegaria para acudir a la cultura de la acción política civilizada para superar sus problemas, para ello los partidos políticos, los actuales o nuevos, deberán democratizarse internamente y ofrecer confianza a la población. Como ven, hoy puedo pecar por optimista.


Publicado en el diario EL HERALDO de Barranquilla, Colombia.

lunes, 25 de agosto de 2008

Urbanidad y cultura ciudadana

Por: HUGO GONZÁLEZ MONTALVO

Si hacemos un recorrido por algunos sectores del centro de la ciudad y analizamos su aspecto, sus formas predominantes, es evidente el deterioro, la suciedad de las fachadas y la contaminación visual de muchos edificios. El abandono gubernamental, padecido por años, ha generado una especie de estética de la desidia. Los desdichados ciudadanos que sobreviven en sus calles han generado su propia estética de la indigencia. Y la invasión del espacio público con ventas de todo tipo, promovida por la politiquería, ha diseñado una grotesca estética de la corrupción. El panorama se torna muchas veces desagradable, deprimente. Frente a esta situación la población transita con total indiferencia, asume tales circunstancias como normales. Lo anterior es sólo un ejemplo de lo que sucede en la vida de la urbe. Es una mixtura de falta de educación, ausencia de civismo, de urbanidad, de cultura política y de ética en los asuntos públicos. Como por estos días se está hablando de cultura ciudadana, es conveniente que repasemos algunos conceptos.
La formación del “yo social” es consecuencia de la combinación de conocimientos, actitudes, normas y valores. Todos sabemos que la familia es fundamental como agente de socialización temprana de la cultura. En ella vamos adquirir por los hechos observados, experimentados y la repetición cotidiana de comportamientos unas determinadas pautas culturales. Si los padres tienen bajo nivel de estudios y su vida transcurre en el ‘rebusque’ para superar la pobreza, seguramente la formación cívica de los hijos tendrá deficiencias. ‘La imposición dulce’ de la ideología política hegemónica se produce mediante la familiarización de las costumbres de la sociedad. La persuasión de valores mediante discursos deliberados y aleccionadores por parte de líderes cívicos o religiosos es menos efectiva frente a la influencia de la experiencia: el mal ejemplo observado en casa, en el vecindario o las noticias actuales de funcionarios corruptos relacionados con las mafias, los ataques irrespetuosos a la Corte o la ‘Yidispolítica’.
La escuela es otro agente de socialización de la cultura política y ciudadana. En las aulas se enseña participación democrática pero con las prácticas autoritarias de los colegios los estudiantes se forman como seres sumisos. La Ley 115 de 1994 dice: uno de los fines de la educación será el pleno desarrollo de la personalidad dentro de un proceso de formación integral, física, psíquica, intelectual, moral, espiritual, social, afectiva, ética, cívica y demás valores humanos. Muy bonito, pero no se cumple. La Asociación Internacional para la Evaluación de la Educación (IEA) interrogó hace unos años a 90.000 estudiantes de grado octavo de 28 países sobre educación cívica (democracia, ciudadanía y valores políticos), nuestro país ocupó el último lugar.
Los medios de comunicación deberían ser los promotores de los valores cívicos. Sin embargo, en Colombia impulsan la actual tendencia de mentalidad de súbditos en la población (que ironía, The New York Times critica la reelección, examen que poco se hace en el país).
En la radio de la ciudad algunos locutores chapuceros fomentan la falta de urbanidad (la ‘corronchería’). La urbanidad son las formas, los modos, civilizados que los humanos hemos convenido para evitar la violencia. Necesitamos más bacanería, buenos modales, y menos chabacanería.
Conclusión: una campaña de cultura ciudadana debe incluir la disminución de la pobreza, ser gradual y a largo plazo.
Publicado en EL HERALDO