lunes, 4 de junio de 2007

Los colombianos: ¿Somos normópatas?

Pareciera que la norma en nuestro país es: cuando suceden hechos perjudiciales para la vida social, sus autores no responden por sus actos, no sufren ninguna consecuencia. Nada cambia. Nada se altera. Esta situación tan compleja es difícil de explicar.
Se podría decir que como nuestra población está hastiada de la guerra, es vulnerable a las ilusiones de soluciones bélicas a corto plazo. Al eludir los diálogos, nuestra democracia mediática solo ofrece la paz que sobrevenga de la ofensiva militar sobre la insurgencia armada. Quien no apoye esta política podría ser considerado traidor. Como esa paz supuestamente traerá riqueza para todos, al líder se le perdona todo. Mientras esto se logra, se solicita que nos conformemos con la pobreza que genera la guerra. Como la pobreza genera más guerra, estamos cruelmente atrapados en un círculo perverso.
También podemos señalar la interconexión de múltiples factores desencadenantes. Por ejemplo: Se recurre a la emoción más que a la reflexión. Cuando el poder no tiene más argumentos racionales para justificar la crisis acude a Dios, solicita su protección divina. Se aprovecha de la creencia generaliza en su bondad para tranquilizar a los ciudadanos, que confían que Dios iluminará al mandatario en sus decisiones.
Los sectores subordinados tienen escasa presencia en la vida pública debido al debilitamiento violento de su representación cívica.

La lógica de la industria cultural refuerza las tradiciones que aceptan la sumisión al poder hegemónico del capital industrial y financiero.
Una pequeña minoría concentra el conocimiento necesario para el control social de toda la población.
Los ciudadanos realizan, inconscientes, las directrices impuestas sutilmente por el poder comunicacional de los medios masivos. Las encuestas comprueban el éxito de la maniobra.
La satisfacción política de la población se ha conseguido con la vasta difusión de ideas conformistas, atribuyéndoles logros prestigiosos a los agentes mesiánicos que las encarnan.
El éxito de los violentos ha desacreditado la lucha política institucionalizada. Se desconoce abiertamente el derecho del otro a pensar y vivir de forma diferente.
La mayoría de la población sólo posee una cultura política parroquial. Se concentra en la satisfacción de sus necesidades prioritarias, descuida los valores de pertenencia al grupo.
Son incontables los ciudadanos que atemorizados rechazan cualquier propuesta de transformación radical, se aferran a la defensa del orden existente. Ocultan su propia incapacidad para impulsar el cambio. Poseen una cultura política de súbditos.
Se acrecienta una cultura de ‘amor por lo muerto’, tanatofilia. A los tanatófilos les fastidia la energía impredecible de lo vivo. Les gusta lo disciplinado, lo previsible, lo mecánico y lo controlable. Tienen poca afinidad hacia los seres vivos.


El poder le solicita a la mayoría “un doloroso y necesario sacrificio”. Su esperanza, su felicidad futura, estaría fundamentada en el ahora de seguridad económica de la minoría potentada.
Desarmados teóricamente, muchos voceros de la oposición han renunciado a cualquier crítica frontal al fetichismo del mercado.

Los intelectuales primero se desentendieron de la economía, después huyeron de la política. Ahora están cómodos haciendo parte de la cultura de masas. Con logos y emblemas de las transnacionales son vedettes rentables en el marketing farandulero.

Se pregona la libertad con la condición de no usarla. La igualdad se ofrece solo en el pensamiento único.
Son numerosos los empleados, humillados, amenazados con el despido. Sufren el acoso moral, el psicoterrorismo institucional. Son forzados al silencio deliberado.
Si la mayoría es indiferente, la indiferencia se convierte en un ‘deber ciudadano’. Se ha internalizado la aceptación de la injusticia.
Muchos colombianos poseen ‘personalidades sobreadaptadas’, viven una normalidad aparente. Se ven obligados a comportarse de manera normal frente al desconcierto actual. El estado patológico se comprende como la presencia de otras normas, no como la ausencia de normas. A la normalidad patológica se le llama normopatía. Si juzgamos por los últimos acontecimientos y las encuestas ¿podríamos sospechar que un crecido número de compatriotas están padeciendo de normopatía?. Si los normópatas jamás toman posturas independientes, si tienden a colmar su vacío interno con rígidas normativas externas ¿es valido pensar que son innumerables los colombianos normópatas?

Publicado en El Heraldo

http://www.elheraldo.com.co/hoy070604/editorial/noti7.htm

1 comentario:

Natalia Rojano dijo...

Desde Barranquilla,Colombia
natyrojano@hotmail.com

Tienes razón Hugo, pero te agrego algo: Cuando el problema social de la ignorancia en cultura política es demasiado ostensible, alguien en el Ministerio de Educación con poder de decisión "hace otra norma" ordenando un programa de estudios con carácter obligatorio que deberá ser puesto en marcha en todas las escuelas y colegios del país. Entonces los maestros, sin formación para el nuevo tema, sin libros guía, sin recursos operativos, se van quedando sin oxígeno. Al año ya nadie se acuerda de eso. ¿En qué quedó el Proyecto de educación para la Democracia? ni siquiera ha servido para que la elección del gobierno escolar se haga de manera seria. Igual otros tantos proyectos como el de Educación Sexual, donde los adolescentes ni siquiera han aprendido a prevenir los embarazos imprevistos. En fin Hugo, el plan de estudios del bachillerato colombiano es hoy en día, una colcha de retazos. Por eso es que los estudiantes sacan tan malas notas en las pruebas de estado, exámenes del ICFES. ECAES, Saber, etc.
Corolario: todo ese cuento hace parte de la normopatía de la que hablas.