sábado, 12 de mayo de 2007

Ejercer el derecho al silencio

Nuestra Constitución Nacional en su articulo 79 dice: “Todas las personas tienen derecho a gozar de un ambiente sano”. Los habitantes de Barranquilla no están ejerciendo este derecho. Es común que se invada agresivamente la intimidad de las personas con el alto volumen de los aparatos sonoros. Se está deteriorando la calidad de vida de los ciudadanos. Sabemos que argumentar nuestra condición de caribeños para justificar la violación del derecho humano a la tranquilidad es una falacia, un exabrupto. No hay nada en nuestra condición genética que ordene ser abusivos con el prójimo.

Cuando la música cruza el limite del predio de nuestra propiedad esta contaminado con ruido al vecino. Evitar o reprimir estas conductas groseras es elemental en cualquier sociedad civilizada. En nuestro medio algunos quieren defender como un valor cultural la violación del derecho a la vida sana de los ciudadanos que habitan contiguos al bullicio. Existe una tolerancia a la arbitrariedad, los ciudadanos pasan continuamente de victimas a victimarios. Se ha establecido una dictadura colectiva que impone su gusto por el ruido. Cuando alguien quiere gritar al mundo que está inmensamente alegre simplemente activa su equipo de sonido con todo el volumen. Reina la impunidad. La comunidad acepta resignada, como si fuese un mal inevitable. La autoridad hace muy poco al respecto.
En el momento en que algún desesperado frente a esta cultura del ruido solicita el derecho al silencio se le reta a pelear, a dirimir con golpes los derechos. Como por lo general hay de por medio consumo de alcohol estas situaciones devienen en tragedias.
En ciertos barrios se escuchan, escandalosa y simultáneamente, músicas diversas. En ocasiones existen competiciones implícitas entre chabacanes, gana quien logre opacar al contrario con un mayor volumen: rancheras de despechados amanecidos contra regeeton, vallenato contra salsa, etc. ¿Será que detrás de estas conductas extravagantes se esconden frustraciones sociales? ¿Son formas camufladas de llantos desesperados?
Se establece como norma que: como a mí me gusta determinada música a toda la cuadra también le debe gustar. Es decir, les hago a los demás lo que deseo que me hagan a mí. Se olvida algo básico, los vecinos pueden tener gustos diferentes. No les has solicitado su permiso.
Esta situación es insostenible. La comunidad debe reaccionar. No es posible que se acepte el menoscabo de la salud pública. Que las personas se afecten en su sistema auditivo, su sistema nervioso. Que los niños y jóvenes no puedan estudiar. Que los ancianos no puedan descansar. Que los enfermos no puedan encontrar alivio. Que por este abuso los trabajadores no descansen lo suficiente, reduzcan su concentración, disminuyan su rendimiento. En fin, que aumenten los riesgos laborales.

Las emisoras de radio colaborarían mucho si participaran en una campaña contra el ruido, diciéndoles a sus oyentes que bajen el volumen, que no molesten a los vecinos. Que si el oyente es un conductor de un bus o un taxi decirle que sus pasajeros tienen derecho al silencio de su intimidad, tienen derecho a estar en un momento de reflexión interior. Que pueden estar en unas circunstancias de duelo. Que debemos pensar que podemos vivir de manera civilizada.
La cultura popular no se vulnera por las restricciones a los espectáculos públicos bulliciosos. El derecho colectivo a la alegría no debe ejercerse desconociendo el derecho a la tranquilidad individual. Debemos pasar a otra etapa cualitativamente superior que corresponda a la condición de gran ciudad. El Estado debe promover la construcción de clubes comunales barriales, acondicionados en su estructura arquitectónica para que no contaminen acústicamente a la comunidad cuando en su interior se realicen bailes con música amplificada. Allí los vecinos pueden continuar las celebraciones tradicionales con la misma alegría de siempre.

Es insólito, totalmente absurdo, que con altoparlantes algunos predicadores a nombre de Dios pregonen la paz y el amor entre los hombres haciendo daño a los vecinos de la comunidad. Con su bulla, con sus cánticos escandalosos, generan violencia, contradicen con los hechos cualquier precepto de fraternidad. Este Dios del Ruido se está queriendo imponer en la cuidad.
En cualquier cuadra de Barranquilla durante todo el día hay un desfile de vendedores anunciando toda clase de productos con sus aparatos de perifoneo produciendo una algarabía insoportable. Parecieran decir: o me compras o te sigo torturando.

En fin, la ciudad se está convirtiendo en una urbe bulliciosa. Los barranquilleros tienen que reaccionar. Se tiene que restablecer el orden que permita la convivencia en un medio sano, libre de algarabía. Debemos evitar convertirnos en una ciudad de sordos y transformarnos en una sociedad de amigos del silencio. La sola represión no basta, se requiere que nos comportemos como verdaderos ciudadanos. La actual legislación que castiga la contaminación auditiva es suficiente, solo hay que aplicarla con severidad. Se requiere que las autoridades actúen, que la ciudadanía colabore, que la policía proceda. Habría que realizar masivamente una gran tarea de sensibilización, de educación en valores. Se requiere construir una sólida cultura ciudadana. Aunque suene romántico y a pesar del incesante trasegar de la ciudad moderna, muchos aspiran a escuchar nuevamente el cántico de las aves en nuestros patios y parques. ¿Será mucho pedir? ¿O ya es demasiado tarde?
Publicado en EL HERALDO

12 comentarios:

jose dijo...

Apreciado Hugo:
Quiero compartirte los siguientes interrogantes .
¿Bajo el argumento del Caribe abierto , sincero , ilimitado , creativo , frentero ,honesto , se cae en la permisividad - sumisión para justificar la abultada presencia de decibeles vìa Picó ?
¿ El Dagma o la entidad delegada para tal fin , maneja o se deja manipular en su obligación por controlar el desbordamiento acústico ?
¿ Porqué se trastearon algunas definiciones que hacen parte de nuestro entorno ? Ya el Sentido de Pertenencia no significa propiedad afectiva y física sobre la familia, barrio , casa. Ahora es el atropello con fines castradores del buen gusto , armonia , tranquilidad , reposo , inteligencia.
Los Medios de Comunicación Social deben retormar , frente al tema objeto , especificamente el relacionado con la Formación soportada por la Animación o Impulso a la Acción , según el programa de Comunicación del IIDT de España y Javeriana - Región Caribe : Instituto Arquidiocesano.
Hasta ahora , lamentablemente , se observa en la Radio y Televisión del Caribe nuestro, con algunas excepciones , replica de la precariedad comunicacional que señala Hugo González en su oportuna crítica. Por momentos da la impresión que la estimulación al ruido fuese motivada desde las mismas cabinas y estudios a través de programas estrechos en formatos inteligentes .
Mil gracias por tu lectura y respuesta,
Cordialmente

JOSE LÓPEZ EBRATT
Comunicador Social Universidad Autonoma del Caribe - Barranquilla.
Énfasis en Pedagogía de la Comunicación y Comunicación Social Asistencial.
Director de EQC-Equipo de Comunicación Social Asistencial de la Fundación San Francisco de Assis.
Miembro de la Red de Cultura Ciudadana de Cali.
Miembro de la Red de Gestores Culturales del Valle del Cauca.
www.sercolombia.blogspot.com
Barranquillero !!!

Huragomon dijo...

Gracias viejo Jóse por tus comentarios.
Das en el clavo mi hermano. Te comento que tus preguntas continúan ahondando en la dificultad: hay una especie de complacencia, enfermiza y colectiva.
Se necesitan varias generaciones “para raspar el cucayo del cerebro de nuestra gente”.
Nosotros como periodistas estamos haciendo lo que éticamente nos corresponde.
Espero muchos comentarios más.

Janet Núñez Marroquín dijo...

kalusa@telecable.es Ni en "Barranquilla se está imponiendo el Diós del ruido", ni "la ciudad se está convirtiendo en una urbe bulliciosa" como lo afirma Hugo en su escrito. Barranquilla ES una urbe bulliciosa hace muchos años y su Dios YA ES el Dios del ruido. Se le rinde culto al escándalo desde la misma manera de hablar y actuar del barranquillero, quizás porque ya es un sordo no diagnosticado y, por qué no decirlo, este culto se extiende, de paso, a la chabacanería, pero ese sería tema de otra discusión.

Como mis allegados saben, soy una amante y una bailadora incansable de la buena salsa que se difunde y disfruta de forma generalizada en la ciudad y en casi todo el Caribe. Viví por más de 25 años detrás del Colegio San José, e incluso disfruté asiduamente de la salsa en "La Troja" de propiedad de Edwin Madera, a quien estimo. Incluso en noviembre de 2006, cuando visité nuestra ciudad después de cinco años de ausencia, le pedí a mi buen amigo el escritor Jaime Cabrera que me acompañara a escuchar y bailar salsa de ese estadero. La nostalgia por la ciudad me jugó una mala pasada, como siempre que se le invoca. Es cierto que reviví muchísimos momentos compartidos con amigos en aquel lugar, pero... ahí viene la trampa de la nostalgia, una hora después de estar allí me estaba enloqueciendo e incluso tres días después tenía la garganta destrozada en una auténtica afonía al intentar conversar por a gritos encima de aquel melódico ruido. Todo esto tiene su explicación y pudiera ser muy larga, pero intentaré resumirla lo más brevemente posible:

El barranquillero está acostumbrado a hacer del ruido un templo de culto, a expresar todas sus emociones a través del grito, la algarabía, la risotada y, además, a convivir con la desmemoria, puesto que hace muchos años una misión japonesa (si no fueron varias) visitó la ciudad y dictaminó que los niveles de ruido y de caótico tráfico vehicular eran imposibles de resolver sin la previa estipulación y aplicación de unas bases que educaran en razón de una cultura ciudadana responsable, conciente de su entorno y sobre todo, de las repercusiones del entorno en su salud, que magnificado el problema, es la salud de toda la comunidad. Cuando yo vivía en Barranquilla conviví con ese ruido, con la música de La Troja, por poner un ejemplo, colándose por la ventana de mi habitación, a pesar de que estaba a más de cinco manzanas distante de mi lugar de descanso. ¿Qué podía decir entonces si en innumerables ocasiones cuando me disponía a descansar y no podía dormir por el ruido, si ese mismo ruido provenía del lugar donde escasos minutos atrás había estado bailando sin tomar en consideración el descanso de los demás? Nada. Como se dice aquí en España, había que apañárselas y conciliar el sueño como se pudiera y todo porque era el precio que había que pagar por un gusto y como dice el refrán, el que quiere gustos, paga gustos.

La concienciación, o la conciencia, como decimos allá, comienza cuando no convivimos con el ruido. Créanme, uno llega a convencerse, erróneamente, de que el ruido es connatural a los habitantes del caribe, una manifestación incorregible de su alegría, la expresión obvia de su manera de ser. Sólo cuando nos encontramos con el silencio y no podemos dominar el ser interior, es que nos damos cuenta de que no estamos sumidos en una suerte de stress difícil de domar ni estamos alterados por el trabajo -o la falta de él, sino por falta de silencio exterior y también interior. Cuando me vine a vivir a Gijón, Asturias (España), los primeros meses -pocos por fortuna- estaba fuera de mi centro porque sentía un vacío inconmensurable. Hasta me cuestioné la decisión tomada y la relación afectiva con mi marido, única razón de mi cambio de residencia. Pensé si era posible que el estado de alteración en que me encontraba podía deberse al cambio de ambiente, de amigos, de idiosincracia, a la nueva condición de persona desempleada, a la falta de adrenalina. Con el transcurrir del tiempo me dí cuenta de que no, nada de eso tenía que ver con mi estado de ánimo, pues por otro lado, estaba absolutamente felíz con la persona que compartía mis días y afortunadamente, nuestros vínculos iban "in crescendo". El verdadero problema radicaba en que aquí ( y esto descontando que los españoles están considerados los más rumberos y ruidosos de Europa), aquí los carros no pitan porque sí, los vecinos no hacen fiestas en sus casas contaminando el espacio de descanso de sus vecinos impunemente, los bares y negocios bulliciosos por su naturaleza están insonorizados (aunque también es cierto que esta es una ciudad de sólo 280.000 habitantes). Aquí HABÍA SILENCIO.

¡El silencio! Esa música a la que no estaba acostumbrada. ¡El silencio! Ese estado que permite reconocerse interiormente, disfrutar de nuestros pensamientos, vivir con intensidad nuestro propio ser, recapacitar sobre nuestra condición de seres humanos sobre el planeta, sobre el papel que jugamos...no digamos ya sobre el planeta, sino en nuestro pequeño entorno de afectos y trabajo. ¡El silencio! Esa condición única e irrepetible que nos permite acercarnos a lo divino precisamente porque nos desarrolla la capacidad de conocernos y reconocernos, saber quienes somos, qué queremos, para donde vamos y posibilita, desde una instancia sosegada y maravillosamente serena, soñar, trazar planes, discrepar de las opiniones ajenas de forma civilizada, disfrutar plenamente de nuestra propia compañía. He llegado a la conclusión de que el ruido en todas sus formas, la música estridente y la necesidad de estar permanentemente rodeado de gente, se debe a que somos producto de una imitación secular, una malformación de nuestra imagen de hombres parranderos, despreocupados y espontáneos, pero sobre todo, a que constituye una forma facilista de evadir la cruda realidad de nuestra tierra, así como también una manera de escapar a la frustración y a la impotencia personal y colectiva.

Comentaba Hugo, en su invitación a escribir estas lineas, que en la aristocrática Florencia, ciudad en la que vivió cinco años, notó "la gran diferencia. Allá no es necesaria la policía. Hay un comportamiento colectivo que respeta el silencio de los demás". Es posible que después de muchos siglos allí se haya logrado ese estado perfecto en el que no hace falta la acción coercitiva de la ley para que los ciudadanos se comporten de determinada manera, aunque he podido comprobar que cuando se producen hechos aislados que alteran ese orden de cosas, la acción policial y la aplicación de multas es rápida y efectiva. Yo estoy convencida de que en Latinoamérica, como ya lo afirmaba El Libertador Simón Bolívar, estamos todavía en pleno medioevo y tenemos que superarlo por nosotros mismos sin intervenciones extranjeras, pero volviendo al caso, también es cierto que en ese estado de caos, una actitud sana e inteligente podría ser analizarnos objetivamente y aprender de la experiencia de quienes nos llevan siglos e incluso milenios de ventaja sobre el planeta.

España, es cierto, en infinidad de aspectos dista mucho de ser el paradigma del orden y la cultura en términos genéricos. Todavía hoy en la retina de muchos de los que la visitaron en el pasado, sigue siendo la España rural, tosca e ignorante producto de su historia cercana. Sin embargo, lo he podido constatar, hace años se inció un vuelco de postura y mentalidad de los ciudadanos todos frente al país y frente a las instituciones y la ley, digno de imitar. Probablemente con mayor presión y celeridad con motivo de su incorporación a la Comunidad Económica Europea y a la serie de requisitos que eso conlleva, se tuvo que insistir en un cambio de actitud y de comportamiento social, desde la comunidad radicada en las bases hasta las más altas esferas del Estado, para lograr un progreso cierto, visible, tangible en signos de mejoría en materia democrática, infraestructura y dotación, carrera administrativa, salud, seguridad social, y sobre todo, educación, los verdaderos fundamentos de una real y digna calidad de vida. Es un país que no está exento de locos -para muestra un botón, quien escribe- y hace falta mucho por hacer aquí, pero cuánto más allá en nuestra Colombia sin rumbo fijo por la inmadurez política, la confusión moral y cultural de sus habitantes, una confusión tal en el plano de las ideas y las convicciones, que terminaré con una anécdota que me tocó vivir en Barranquilla:

Un día cualquira hace diez años, iba en un taxi que me conducía del centro de la ciudad hacia mi casa, en Betania, ese barrio de clase media ya mencionado. En la esquina de Olaya Herrera con Murillo, el conductor compró una mano de guineos a los vendedores habitualmente apostados en la acera de la gasolinera, quienes arriesgan la vida para vender su fruta entre los carros mientras cambia el semáforo. Después de ofrecerme uno y yo cortésmente rechazarlo, el taxista se dió a la tarea de comerse uno a uno los guineos y mientras lo hacía, arrojaba las cáscaras por la ventanilla del carro en marcha con el mismo deleite con que los comía. Al ver esto, intenté llamarlo a la reflexión diciéndole que estaba ensuciando la ciudad, que eso traía malos olores y enfermedad, que tirar basura indiscriminadamente equivalía a comer en su propia casa y tirar la basura en cualquier parte del suelo, ensuciándolo todo. Su respuesta, hoy, todavía me deja sin palabras: "¡Qué más da, esta vaina es biodegradable!".

Obeida Benavides dijo...

obeidabenavides@gmail.com
Muy bien Caribanía!
Me uno al coro silencioso de los que han decidido salir de la ciudad por MIEDO a perder el oído... o la paciencia... o la vida, gracias a la creciente neurosis que resulta de convivir con una ciudad que no se calla. Porque si de día son los vendedores, los picós, o los molestos equipos de sonido forzados a sonar al máximo de su capacidad, o los gritos domésticos que resuelven las diferencias del hogar, de noche son las alarmas de los carros que se disparan sin motivo aparente, o los ruidos anunciadores del mal funcionamiento de los aparatos de aire acondicionado, o los televisores que gritan los concursos porque es que el abanico no deja oír. Sí. Una campaña. En silencio. Que cada una de las personas que se encuentra harta del ruido, se vaya a otra parte. Que dejemos de pagar impuestos en Barranquilla. Que trabajemos allí? Tal vez, si somos capaces de tolerarlo. Pero una migración colectiva que garantice nuestra salud mental y haga sentir a los bulleros que Barranquilla ya no es el mejor vividero del mundo. Por el ruido y por mucho mas... Y SOY BARRANQUILLERA.

Eva del pilar duran dijo...

evadelpilarduran@yahoo.com
sabes que la naturaleza humana es muy extraña... yo vivo en alemania y aca es el otro extremo de la balanza. Son obsesivos del silencio. El menor ruido los altera. A una amiga mia de Brasil la demandaron penalmente por utilizar la cortadora de cesped a las 2 pm. Ella no sabia que esa es la hora legal de la siesta y si entre 11 y 3 pm haces ruido te ponen una multa que te mueres, o te llevan a juicio. Ves??? cuando llegas te parece bellisimo, pero con el tiempo te aburres de tanto silencio. Recuerdo que en mi primera casa solo escuchaba mi respiracion durante las noches, tal era el silencio que habia. Un abrazo

Roxana Castillo dijo...

rouscastillo@hotmail.com Janet, gracias por compartir tu estremecedor escrito. A mí también me pasó igual que a ti. También disfrutaba cada viernes la salsa de La Troja y me hacía la de los oídos sordos cuando alguien decía que era un ruido infernal.
Hasta una vez tuve un "trauma acústico": un lunes me levanté y me caí de la cama, no podía sostenerme en pie, el vértigo era terrible. No pude ir a trabajar y fui a un otorrino amigo pensando que tenía algo en el oído medio.
Efectivamente, me incapacitó por tres días, me mandó a guardar reposo lejos de todo ruido y a evitar pasar por La Troja. Ese fin de semana había estado sentada y bailando al lado del parlante, y sin darme cuenta fue el detonante para que perdiera el equilibrio. Qué vaina!! Edwin Madera se reía del cuento. Pero sí es cierto el establecimiento no pasaba los exámenes de contaminación sonora.
Ahora que vivo en Bella Vista, una linda zona silenciosa de la Provincia de Buenos Aires, he aprendido a escuchar el silencio. Por mi calle casi no pasan autos, los perros son los únicos que alborotan el lugar con sus aullidos. Y, por supuesto, los pajaritos cantan en primavera y las chicharras en verano, pero a ningún oído le incomoda su música.
Si Barranquilla y los barranquilleros somos bulliciosos. Que lo digan mis vecinos de San Isidro cuando por cualquier motivos prenden el cipote picó, produciendo una descomunal descarga de energía atómica.
Si antes no lo soportaba, ahora creo que menos.
Ojalá que cuando vuelva, encuentre todo mejor.

Marjorie dijo...

En la ruidosa Barranquilla he tenido todo tipo de vecinos, desde una loca que insultaba al marido los domingos a las 11 de la mañana por llegar borracho, hasta unos amantes del vallenato que sofocaban cualquier sonido de la calle con las acordeones de los cantantes de moda. A la loca que insultaba al marido no me atreví a enfrentarla, pero a los de los vallenatos los acabé a punta de ópera, no sin antes avisar. Muy empijamada me fui un domingo a las 7 de la mañana a su casa y dije: "Buenos días, ya sé que son fanaticos de los Betos, yo de Giacomo Puccini".
Aquí en Madrid tengo un entorno bastante particular, en mi edificio no se puede hablar en tono alto a partir de las 12 de la noche ni hacer fiestas, lo cual mata la vida social doméstica, sin embargo respecto espetar eructos, tirarse pedos bomba y tener sexo porno sonoro no está prohibido, con lo cual estoy bastante agobiada porque tengo un vecino gaseoso que no cesa y una devora hombres insaciable con garganta de pito que comienza su jornada en la madrugada de los sábados para terminarla el domingo al medio día.
¿Qué hay que hacer entonces? ¿Regalarle al gaseoso unas pastillas de Flatoril? ¿Llevarle a la ninfómana un postre a base de Bromuro y papaya? No lo sé, pero lo cierto es que al parecer algunos aspectos de la vida privada que generan ruidos no se tienen en cuenta al momento de denunciar las molestias que comprenden el espacio común.
Definitivamente resultaría muy incómodo presentarme en una junta de vecinos a comentar que la del tercero A no me deja dormir porque entre el traqueteo de su cama y los múltiples orgasmos parece estar en mi habitación. Y qué decir de poner una denuncia porque la dieta del que vive en el quinto, afecta la concentración de aquellos que queremos leer interrumpiéndonos a punta de flatulencias.
A estos podríamos llamarlos "Ruidos de origen orgánico" pero, ¿quien será el valiente que pese a saber que le tratarán como a un loco, se atreva a decirle en voz alta al mundo que gases y gemidos son cuestiones de la vida privada, y recomendar mesura para no hacerlos del dominio público?
Mientras eso sucede yo sigo aquí, deseando que el vecino no haya cenado lentejas y que la del tercero haya decidido quedarse en la casa de su novio esta noche.

Eva del Pilar Durán dijo...

Desde Alemania:
evadelpilarduran@yahoo.com

Y aca me agobia el aburrimiento y el silencio de cementerio en la que se la mantienen mis vecinos. Ya que el silencio es civilizado. Asi que escucho musica todo el dia con mis audifonos lo que me impide escuchar a quienes llaman a mi puerta.
No se, yo pienso que la convivencia siempre es dificil, por una cosa o por otra.
Si me pones a escoger, prefiero a las vecinas dicharacheras que a las elegantes damas silenciosas y heladas que rumian sus desgracias en silencio, jamas han tenido un orgasmo multiple y llaman a la policia al primer grito que pegues porque tu marido llego con un mordisco en el hombro.
Todos los excesos son malos. Personalmente jamas rumbie en la troja, lo que me disgusto no fue el ruido, fijate. Estuve 10 minutos en la terraza y me fui pues me resulto de una vulgaridad intolerable para mi sensibilidad. En Barranquilla se glorifica lo popular, con todo lo bueno y lo malo que eso trae. Fui feliz en esa ciudad porque me hice mi propio mundo, vivia en una zona residencial y casi nunca iba a ningun evento. Es decir, Barranquilla te ofrece opciones. Si vives en una zona en la que a tus vecinos les gusta el escandalo. Si protestas te la montan asi que largate pa otro lado. Pero... sitios tranquilos y apacibles existen.

Estrella De los Ríos dijo...

Desde Bogotá, Colombia

estrelladelosrios@yahoo.com

Insoportable ella, corronchísima. Lo sé de vivas letras. El gozo del silencio es virtud exclusiva de almas privilegiadas. Abrazos,

XIMENA GUTIERREZ dijo...

desde Cali, Colombia
ximenacali@gmail.com

Hola Hugo Rafael:
Felicitaciones por cultivar esta extraordinaria muestra de cultura desde el derecho al silencio. Creo que es una forma de gestar paz en Colombia. ¿Cuántas muertes de han presentado porque alguien se siente vulnerado en su silencio? y ¿cuántas se podrían evitar?
Saludos

Anónimo dijo...

tus apreciaciones son de gran alor e interes para mi, yo tengo un vecino que coloco una tienda.. hasta ahi todo bien..el problema es el equipo de sonido que posee ESTE SE ESCUCHA A MAS DE UNA CUADRA DE DISTANCIA,los vecinos callados por que les da miedo... por mi parte, siendo el mayor afectado (vivo enfrete de el)estoy adelantando un proceso para que le coloquen multa o el cierre del negocio....

Anónimo dijo...

me inspiras amigo yo vivo en lima
y te aseguro que es una de las cuidades mas bulleras del mundo, lo peor que la gente aqui aplaude la bulla en vez de apaciguarla.
me he vistos en varias discuciones trantando de que hagan menos bulla y ya estaba perdiendo la fe pero me has inspirado a seguir luchando y tienes razon amigo tenemos derecho al silencio sigue luchando por la tranquilidad amigo